Pregón de la Semana Santa Ovetense 2026
Pregón
PREGÓN DE LA SEMANA SANTA 2026
Muy buenas tardes.
Esta iglesia de Santo Domingo y de la Comunidad de los Dominicos es un lugar muy especial para mí por varias razones que les voy a decir más adelante.
La he tomado como mi iglesia, como mi parroquia y quisiera yo agradecer en especial al Padre Ricardo y al Padre José Antonio (que en paz descanse), que desde que llegué a Oviedo me acogieron en la Iglesia de Santo Domingo.
Quiero agradecer también a Adela y Federico, de la Cofradía del Nazareno (Dominicos) que está integrada en la Junta de Hermandades de la Semana Santa de Oviedo, su invitación para hacer el Pregón.
Cuando uno recibe la invitación para anunciar la Semana Santa de una ciudad como Oviedo, lo primero que siente es una mezcla de agradecimiento y responsabilidad.
He tenido la oportunidad de escuchar los pregones de quienes me han precedido en este honor, personas en su mayoría con una formación teológica y una profundidad espiritual que inspira. Como el Cardenal Artime, como el Arzobispo Julián Barrio, como Ignacio Alvargonzález, presidente de la Junta Mayor de Cofradías y Hermandades de Gijón, Teresa Sanjurjo Presidenta de la Fundación Princesa de Asturias que fueron mis antecesores en estos pregones y con una gran responsabilidad me siento ahora.
Yo no soy teólogo, pero quiero aportar hablando simplemente desde mi condición de cristiano, mi experiencia de vida, mi fe vivida en lo cotidiano y desde las cosas que la vida me ha ido enseñando.
La fe tiene algo maravilloso: cuando se comparte, desaparecen las diferencias de rango, de origen o incluso de nacionalidad. Y por eso, más allá de los cargos que uno pueda tener o del lugar del que venga, hoy estoy aquí simplemente como cristiano, compartiendo con todos ustedes la misma fe.
La Semana Santa es un momento especial del año. Es un tiempo de reflexión. Un tiempo de conversión. Un momento para detenernos y mirar nuestra vida con más profundidad. Cuando contemplamos el sacrificio que Cristo hizo por nosotros, muchas de las dificultades que vivimos cada día adquieren otra perspectiva. Nos ayuda a relativizar. Nos recuerda que hay algo mucho más grande que nuestras preocupaciones cotidianas. Nos recuerda que aquí estamos de paso para ganar la vida eterna.
Vivimos en una sociedad acelerada, acostumbrada a lo inmediato. Todo lo queremos rápido. Pero detenernos unos días para contemplar la vida de Cristo es como tomar una bocanada de oxígeno para el alma. Es una pausa necesaria para recordar quiénes somos y hacia dónde vamos.
En mi caso, la fe empezó en casa. Mi padre y mi madre fueron toda su vida católicos y mi padre en especial muy devoto de la Virgen María. En especial de la Virgen del Rosario, él ocupaba mucho el rosario y lo rezaba todos los días como arma contra el mal. Organizaba cada año en Pachuca los Rosarios vivientes. Y especialmente en los últimos treinta años esa devoción mariana se hizo todavía más intensa.
Cuando mi padre falleció tomé una decisión muy personal, traer parte de sus cenizas a Asturias. Pedí ayuda para encontrar una capilla donde pudieran descansar. Y ocurrió algo que todavía hoy me emociona cuando lo recuerdo. Y todavía más porque venía acompañado de mi madre y de mi hermana. Me dijeron que sus restos reposarían en la iglesia de Santo Domingo. Cuando llegué allí descubrí algo que no sabía. La capilla en la que descansan es la capilla de la Virgen del Rosario, en la cual él tanto confiaba y veneraba. Y en ese momento me emocioné por ser mi padre, como os comenté, profundamente devoto de la Virgen del Rosario.
Hay situaciones en la vida que uno siente que no son casualidad. Por eso yo creo que no hay coincidencias, sino “Dioisidencias”.
Mi fe comenzó temprano. Tuve la oportunidad de participar en un movimiento católico de jóvenes. Movimiento como ondas, pandillas, reino de Cristo.
Todas las Semanas Santas salíamos a misiones y comunidades marginadas. Nos dividían en parejas y visitábamos comunidades muy pobres para compartir el mensaje del Evangelio. Recuerdo especialmente una visita. Llegamos a una casa donde vivía un matrimonio con cinco niños. No hablaban español, lográbamos entendernos a duras penas, pero nos recibieron con todo su afecto y hospitalidad.
Recuerdo que tenían únicamente dos huevos. Dos huevos, era toda la comida que tenían para los siete miembros de la familia. Y nos los ofrecieron. Insistimos en que se la dieran a los niños, pero ellos querían dárnoslo. Además, nosotros estábamos instruidos a aceptar todo lo que nos dieran como muestra de gratitud. Y es difícil desprenderse. El ser humano, por naturaleza, tiende al egoísmo, por eso ese gesto de aquella familia me recuerda algo muy profundo del Evangelio.
El verdadero amor no se demuestra en las palabras, sino en el servicio. La felicidad siempre está en el dar. Y eso es precisamente lo que Jesús nos enseña también en la Semana Santa.
Y por eso, creo que recuerdo todavía hoy cómo un sacerdote me dijo: “No te olvides de predicar la palabra de Dios”. Es importante recordar cuál es nuestra esencia, cómo tenemos dentro de nosotros una gran capacidad de amar y de obra bien, y cómo eso es lo que nos da la felicidad.
Por eso, estoy tan honrado de estar hoy aquí con esa misión, que intento llevar a mi día a día. Como humano, unos días más acertado que otros, pero siempre con el mismo foco. Los puestos y los títulos son temporales, lo que realmente trasciende es cómo trates a las personas.
Y es que todos podemos tratar de crear una diferencia en nuestro entorno. Podemos y debemos. De hecho, hay una frase que siempre me ha acompañado. “Dios, entre más dones te da, más responsabilidades te va a pedir y mayores cuentas debemos entregar”. Y esa frase aplica también a los lugares que uno ocupa en la vida.
Muchas veces pensamos que los puestos o las responsabilidades son solo oportunidades profesionales. Pero también debemos verlas como oportunidades para ayudar a más personas. Para dar voz, para tocar más vidas.
Si pensáramos más en que esta vida es de paso, probablemente viviríamos de otra manera. Vivimos en general demasiado pendientes de lo material. Pero al final debemos hacernos una pregunta muy sencilla. ¿Qué nos vamos a llevar?
Ni el dinero. Ni los títulos. Ni los bienes. Al final solo nos llevamos quién hemos sido y a quién hemos ayudado. Vivimos en una época en la que consumimos de todo. Consumimos información, entretenimiento, cosas materiales. Queremos siempre más. Pero muchas veces, mientras más acumulamos por fuera, más vacío se siente el corazón por dentro. Y la Semana Santa nos recuerda que el alma también necesita alimento.
Y es que la vida está llena de pruebas. De retos. De momentos difíciles. Pero también hay una verdad que la fe nos recuerda. “Dios nunca nos manda algo que no seamos capaces de soportar.” Debemos creer e intentar dar lo mejor de nosotros aunque no siempre sea fácil.
Cuando dimensiones tus problemas y miras lo sufrido por Cristo, o miras a tu alrededor los que tienen hambre, o están en guerra o tienes una enfermedad, te das cuenta de que tus problemas no son mayores.
Ya en el Antiguo Testamento encontramos textos que hablan precisamente del sufrimiento y del sentido que puede tener en la vida humana. En el Libro del profeta Isaías aparecen los llamados cánticos del Siervo de Yahveh, que describen el sufrimiento de un personaje que carga con el dolor de muchos.
La tradición de la Iglesia ha visto en estos textos una anticipación de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Pero también una enseñanza profundamente esperanzadora. Porque nos recuerdan que incluso el sufrimiento puede tener un valor redentor. Y por eso, cuando atravesamos momentos difíciles o dolorosos en nuestra vida, podemos recordar que no caminamos solos. Que Cristo camina a nuestro lado. Y que, como dice el propio profeta Isaías: “Por sus heridas hemos sido curados.”
Con el paso del tiempo uno se da cuenta de algo importante. La gente puede recordar nuestras victorias o nuestras derrotas. Pero lo que realmente permanece es otra cosa. La huella que dejamos en las personas. Los corazones que somos capaces de tocar.
Hay una expresión que intento recordar cada día. “Solo por hoy”. El pasado ya se fue, el futuro quizás no lo veremos entonces santifica el día de hoy y santificarás tu vida. Todos los días pido a Dios, a la Virgen y a mi padre, ser un buen padre, un buen esposo, un buen hijo, un buen amigo, un buen presidente, un buen católico, un buen jefe.
Porque pensar en llevar a cabo una acción o tener una actitud determinada puede hacerse muy cuesta arriba si pensamos a largo plazo. Y en realidad, lo único que tenemos es el HOY, porque no sabemos lo que puede pasar mañana.
Pensando en esto, hay una historia que me gusta recordar. Había un niño que estaba en la playa, en la orilla, y devolvía al mar una estrella cada vez que el mar la traía.
Alguien le dijo:
“¿Por qué haces eso? Hay cientos. No vas a poder salvarlas a todas.”
El niño tomó otra estrella, la devolvió al agua y respondió:
“Sí… pero esta se va a salvar.”
SOLO POR HOY… ¿Qué puedo aportar?
Y que siempre recordemos agradecer. Si miro mi vida con perspectiva, solo puedo sentir gratitud. Muchas veces pienso que soy un consentido de Dios. Dios ha sido muy generoso conmigo: me ha dado a mis padres, a mi familia, salud, oportunidades…
Me ha permitido dedicarme a lo que tanto me apasiona que es el fútbol. Me ha puesto en esta preciosa ciudad de Oviedo en Asturias. En el Real Oviedo, un equipo tan grande, histórico y con tantas cosas buenas. Me ha puesto en el Grupo Pachuca. Me ha puesto en equipos de trabajo maravillosos, como el que tengo aquí en el Oviedo, al cual agradezco mucho a todos mis compañeros, todas las enseñanzas, acompañamiento, todo el apoyo que más que colaboradores son grandes seres humanos y sin ellos no sería lo que soy, ni el Oviedo no sería lo que es.
En general las personas tendemos a estar siempre en la queja, se nos olvida la importancia de agradecer y cómo eso nos da tanta felicidad.
Cada uno de nosotros tiene esa misma oportunidad. Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero siempre podremos ayudar a alguien. Hacer el bien en la medida que podamos y dejar una pequeña huella en el corazón de los demás. Porque al final… la vida no se mide por lo que tenemos, sino por lo que damos.
Y citando a Santo Tomás de Aquino: “para alguien que tiene fe no es necesaria ninguna explicación, para aquel sin fe no hay explicación posible”.
Y a San Agustín: “ama y haz lo que quieras, si callas, callarás con amor, si gritas gritarás con amor, si corriges corregirás con amor, si perdonas perdonarás con amor”. También San Francisco de Asís dijo: “las acciones realizadas pueden ser el único sermón que escuches hoy. Lo único que se logra sin esfuerzo es el fracaso. Haz pocas cosas, pero hazlas bien. Las alegrías sencillas son sagradas. Un solo rayo de sol basta para disipar muchas sombras”.
Y quisiera yo añadir que si algo nos ha dejado Diosito es el libre albedrío, la libertad de escoger todo en la vida, entre seguirlo o no seguirlo. Los invito a luchar para seguirlo siempre. Y lo más importante de la Semana Santa es saber que Cristo venció a la muerte y resucitó, tenemos un Dios vivo.
Que Dios los bendiga y muchas gracias por escucharme.
Descripción
- Fecha: 13 marzo, 2026
- Pregonero: Don Martín Peláez Álvarez

