Pregón de la Semana Santa Ovetense 2025
Pregón

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA OVETENSE

 

Una Semana Santa vivida en la Esperanza

 

OVIEDO, 4 de abril del 2025

 

Ángel Fernández Cardenal ARTIME, sdb

En el Año Jubilar 2025

 

 

 

        Me siento muy honrado de estar ante ustedes en esta tarde. Con sumo gusto, sin nostalgia alguna, he cambiado por unas horas la Ciudad Eterna (Roma) por la bella ciudad de Oviedo, capital del Principado de Asturias, mi amada tierra asturiana, la ‘Vetusta’ en la pluma de Clarín, o la Ovetao de Alfonso II haciéndola ‘Urbs Regia’.

        Y desde este sentimiento hago llegar mi saludo a todos los presentes. En el pregón de la Semana Santa saludo al pastor de esta Iglesia particular, la Diocésis de Oviedo, en la persona del Arzobispo Mons. Jesús Sanz Montes; saludo a todas las autoridades civiles y eclesiásticas aquí presentes, a los miembros del Excelentísimo Cabildo, al Sr. Presidente y miembros de la Junta de Hermandades y Cofradías y a todos los hermanos y cofrades de la Semana Santa de Oviedo.

        La bella ciudad de Oviedo, la única que lleva por escudo la Cruz, Cruz de los Ángeles, cruz relicario de mil doscientos diecisiete años de antigüedad, que legitima la historia de todo un pueblo, bien se merece vivir y celebrar la Semana Santa con toda dignidad. Los avatares de la historia marcan la vida de las naciones, pueblos y ciudades. No podría ser diferente entre nosotros pero, aún con todos los encuentros y desencuentros de la historia, en la actualidad no pocos ovetenses, asturianos y visitantes vivirán la Semana Santa y acompañarán sus procesiones, con el estilo y carácter propio que tenemos como asturianos y como tiene esta bella capital, donde confluyen en estos días sensibilidades y estilos, expresiones religiosas o ausencia de las mismas, turismo y gastronomía, pero también contemplación, silencio, adhesión y veneración y, todo ello, en el marco de algo muy valorado como don precioso en este nuestro presente y que queremos seguir construyendo: se trata del respeto, el sagrado respeto al otro, a los otros y a uno mismo, que hace que todo lo que se vive y se lleva en el corazón sea digno de ser custodiado y manifestado, respetando siempre la diferencia y la diversidad.

        Y esta es una característica de nuestra capital, Oviedo, de nuestra tierra asturiana y un don que crece y consolidamos. Todos somos bienvenidos a esta Semana Santa, sean cuales sean las motivaciones, y todos haremos que el respeto sea signo de profundo humanismo y civilización, así como de esmerada ciudadanía.

        Pensaba en el respeto y en mi empeño por comprender la diversidad y por entender que nunca se sabe lo que pasa por el corazón del ser humano, en el corazón de cada hombre y mujer, pues desconocemos cuándo y dónde Dios se encuentra con cada uno de sus hijos e hijas en el camino de la vida. Me refiero a esto: hace unos días estaban atravesando la Puerta Santa del Año Jubilar 2025 en la Basílica de San Pedro un grupo de unas cien personas. Eran orientales. Muy posiblemente no eran católicos. Seguramente de otra religión propia de Corea o de Japón. Yo me encontraba allí en aquel momento. Y la atravesaban con cientos de teléfonos lanzando sus flases, grabando ese momento, quizá anecdótico o de mera curiosidad para muchos de ellos. Ciertamente, enseguida pensé que así no se atraviesa la Puerta Santa, sino con profunda conciencia de que algo nuevo se quiere comenzar en el nombre del Señor y algo pasado queremos que quede renovado, sanado, custodiado en Él. Pero también pensé en que quizá eso era lo único que podían hacer esas personas y, sin embargo, allí estaban, en contacto con este tesoro expresión de Fe profunda, de Historia, de Belleza y de Arte del Cristianismo. Y mi profundo respeto y el suyo nos unían.

        Así me imagino yo nuestra Semana Santa Ovetense desde el más profundo respeto por parte de todos y en el que las celebraciones en los templos y las procesiones en las calles van a sumergir a la ciudad en una atmósfera especial, auténtica y única. Ya sea la Procesión de la Borriquilla, como la de la de la Sagrada Lanzada, ya sea la Procesión del Prendimiento como la del Silencio nos irán metiendo en el clima de la Santa Semana. La contemplación del Nazareno nos lleva a decir con versos de Miguel Hernández:

“Reina un hórrido silencio que es tan sólo interrumpido

por redobles de tambores y algún lúgubre gemido

que se sube hasta los labios de un pecho de fe lleno…

 

Y entre mil encapuchados con mil llamas de mil cirios,

con las carnes desgarradas aún más pálidas que lirios

y la cruz sobre los hombros, cruza, humilde, el Nazareno”[1].

 

Y la procesión de Jesús Cautivo, como la Procesión de la Madrugá, nos lanzan a los brazos de la contemplación y el silencio ante la Procesión del Santo Entierro. El misterio de esta bella expresión de religiosidad popular envuelve, arrulla, y no deja indiferente a ninguno porque incluso quienes lo sean (indiferentes), estarán compartiendo con nosotros este gran valor del mutuo respeto.

En la Procesión de la Soledad, en un único paso, el corazón de una madre atravesado por el dolor de ver a su hijo sacrificado y muerto conmueve a quien se permite un minuto de interioridad. El cortejo de mujeres con la mantilla española acompañará a esta madre en su soledad y dolor.

Y en el silencio de la noche, a la espera del nuevo día, los hermanos de la Cofradía de la resurrección esperan el alba y procesionan añorando la resurrección, hasta que en la mañana del Domingo de Pascua de Resurrección la Junta de Hermandades y Cofradías de la Semana Santa, unidos, hacen posible con la participación de todas las hermandades y cofrades, la procesión con un único paso, del Señor Resucitado.

Y ya sea en el tránsito de Santa Bárbara, o la calle Mon, ya sea la cuesta de la Vega o San Pedro de los Arcos, ya sea la Plaza de la Catedral o la calle Uría, tantísimas personas serán testigos de tanta expresión de fe.

Y sé que, entre la fascinación ante la belleza de las tallas, la contemplación, la admiración por una parte y el silencio por otra, entre los pasos marciales y la música que nos envolverá, iremos celebrando, en templos y calles, el misterio profundo de la muerte y resurrección de Jesucristo, el Señor.

Vivir y celebrar el Misterio de la Semana Santa significará acompañar a Jesús, quien el domingo de Ramos era aclamado por la gente a las puertas de Jerusalén: “Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! (Mt 21, 9). Jesús vuelve al templo, como otras veces, pero ahora la última meta de su subida a Jerusalén será la Cruz, a pesar de los cantos de júbilo de su gente días atrás. Al domingo de ramos le seguirá el Jueves Santo en el que, con mirada atenta, podemos darnos cuenta de que ser cristiano es ante todo un don. No es que Dios nos dona algo, sino que se dona a sí mismo, y el Hijo Amado lo hará tanto en el mandamiento del amor, como en la institución de la Eucaristía en la última cena. Por todo ello el Jueves Santo es un día de profundo agradecimiento por el gran don del amor hasta el extremo, don, regalo que el Señor nos ha hecho.

A esta alegría le seguirá el Viernes Santo, tan impregnado de tristeza humana y de silencio religioso, pues volvemos a contemplar los sufrimientos y la angustia del Redentor hasta llegar a ser clavado en una cruz, en ella entregar al Padre su espíritu, y yacer en un sepulcro. Todo ello supera cualquier cálculo humano. Quien pasó haciendo el bien termina como un malhechor.

Pero el curso de la historia cambiará para siempre, entre contradicciones y dolores, angustias y violencia humana -porque nuestro Dios nos ha creado libres-; su Resurrección no sólo significa que el Padre ha pronunciado la última y definitiva palabra, no sólo significa que la muerte, el mal, el sufrimiento, no serán ya el único destino de su Hijo amado y con Él el nuestro, sino que la Vida, la Vida Otra, la Vida en Dios y su Resurrección, infundirá un indeleble y renovado sentido y valor a la vida de todo ser humano.

Este es el sentido de la Semana Santa que vamos a celebrar en Oviedo y en toda la Iglesia Universal.

Desde que comencé a escribir estas líneas he pretendido ser lo suficientemente ágil como para no cansar a tan ilustre auditorio. Y por eso mismo llegando al final, pero me falta un último elemento. Tiene que ver con la invitación a vivir de modo pleno la Semana Santa como católicos, como cristianos, o como mujeres y hombres, adultos y jóvenes de buena voluntad.

Como humilde pregonero que tiene la misión, como todo pregonero, de anunciar el evento o la fiesta, y convocar a la participación en ella, no puedo dejar de hacerlo sino invitando, y no sólo a todos los presentes, sino a quienes frecuenten los templos, a quienes compartan la tarea, los esfuerzos y empeños por preparar el peregrinar por las calles de la ciudad, o quienes puedan leer estas palabras, ya sea porque se las encuentren casualmente, o porque alguien se las haga llegar. Invitar, digo, a vivir en profundidad esta Semana Santa a cuya puerta estamos y, a vivir, en los templos y en las calles, con aroma a Misterio, la Semana que se aproxima.

Y hacerlo concediéndonos unos minutos para pensar que lo vivido por el Señor ha sido único y una vez en Jerusalén. Actualizado ahora en la fe. Pero tomando conciencia de que sigue habiendo en este nuestro mundo otros muchos Getsemaní, otras muchas cruces y crucifixiones y otras muchas muertes que sólo en Dios podrán ser transformadas.

Es por eso que termino hablándoles de un pequeño símbolo que todos los días me acompaña en Roma. Allí, en el despacho del Dicasterio para la Vida Consagrada e Institutos de Vida Apostólica donde cada día intento servir desde mi trabajo, he puesto una cruz que me acompaña desde el año 2015. Me la regalaron en un viaje al Perú, visitando las presencias salesianas en las que se trabaja con los muchachos de la calle; los que viven, duermen y a veces mueren en la calle. La Cruz no tiene crucificado a nuestro Señor, sino a uno de esos muchachos de la calle, simbolizando que Jesús está crucificado en cada uno de ellos, en cada uno de los crucificados de nuestro mundo, en cada niña o niño maltratado, en cada hombre o mujer explotada, en cada muerto a causa de los drones que estallan, o los misiles que caen en estas absurdas y ofensivas guerras. El niño que está crucificado en la cruz de mi despacho me habla y me recuerda a nuestro Señor crucificado en los que sufren en nuestro mundo, puesto que “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt 25,40).

Invito a todos a dejar que este pensamiento toque, aunque sea por unos instantes, nuestro corazón. Y esto nos ayudará a seguir creyendo, más aún en este año jubilar, que nuestro mundo, golpeado por lo mismo que llevó a nuestro Señor a Getsemaní y a la cruz, tiene esperanza. Un mundo en el que Getsemaní y cruz fueron la consecuencia del ansia de poder y la fascinación por el dinero; un mundo -también el de hoy-, en el que por poder y dinero se pone incluso en peligro la vida del planeta tierra, de la Creación de Dios y, en él, nuestras propias vidas o las de quienes nos sucedan. Un mundo en el que Getsemaní y crucifixión tienen rostro de dominio del imperio de entonces y de los imperios de hoy, rostro de violencia y de guerras que nuestra generación nunca pensó que pudieran volver, pues las considerábamos páginas negras del siglo XX y, sin embargo, se nos han metido en nuestro presente, sin pedirnos permiso y arrancando vidas sagradas, pues toda vida es sagrada, y calificándolo como “daños colaterales”. Esto, todo esto que queremos evitar, nos ayudará a creer que hay esperanza, que existen los motivos para la esperanza, para esa esperanza que no defrauda (Rm 5,5), “Spes non confundit”, como reza el título de este año jubilar que nos ha ofrecido el Santo Padre Papa Francisco. Y podemos y debemos ser peregrinos de esperanza también en esta nuestra bella tierra y hermosa capital Ovetense, porque el Señor ha resucitado, el Señor resucita y está con nosotros hasta el fin de los tiempos.

        Y ahora sí concluyo y lo quiero hacer con unas palabras tomadas en préstamo del Papa Benedicto XVI al término de una de sus homilías en una Semana Santa diciendo: “Queridos amigos, en esta hora (…) vamos al encuentro de Jesús. A partir de Él nos dejamos guiar hacia Dios para aprender de Dios mismo el modo recto de ser hombres. Con Él agradecemos a Dios, porque con Jesús, el Hijo de David, nos ha regalado un espacio de paz y de reconciliación que abraza al mundo. Recémosle a Él (…) para que seamos mensajeros de su paz, a fin de que en nosotros y en torno a nosotros crezca su Reino”[2].

Gracias a todos vosotros, Hermanos y Cofrades, a todos los hermanos y hermanas que integráis las diversas confraternidades, por hacer que nuestro Oviedo sea en esta Semana Santa, ciudad de arte procesional y de contemplación, de liturgia, oración y plegaria, así como de silencio respetuoso.

Gracias por hacerlo posible.

Muchas gracias a todos.

[1] HERNÁNDEZ, Miguel, El Nazareno. Es uno de los primeros poemas de Miguel Hernández, publicado el 15 de abril de 1930 en el diario Voluntad, de Orihuela.

[2] BENEDICTO XVI, Homilía del Domingo de Ramos (16 de marzo de 2008).

Descripción