Pregón de la Semana Santa de Ovetense 2021
Pregón

Excmo. Sr. Alcalde y Concejales del Ayuntamiento de Oviedo, reverendo Sr. Delegado Episcopal de Piedad Popular, Ilmo. Sr. Coronel del Regimiento Príncipe, Sr. Presidente de la Junta de Hermandades y Cofradías de la Semana Santa de Oviedo, queridos hermanos mayores de las cofradías y hermandades ovetenses, señoras y señores,

Antes de nada he de confesarles que jamás habría soñado verme en este trance, pregonando nada menos que la Semana Santa de la capital del Principado de Asturias.

Es tan inmenso como inmerecido el honor que se me ha concedido por parte de la Junta de Hermandades y Cofradías de la Semana Santa de Oviedo, a cuyo Presidente y restantes componentes agradezco de todo corazón la oportunidad que me han brindado en un gesto que, puedo asegurarles, nunca olvidaré. Quiero pensar que mi designación obedece más a una deferencia hacia mi ciudad de origen y su Semana Santa, a la que represento, que a la posible concurrencia de mérito alguno en mi persona para ocupar hoy esta tribuna.

Repasando el elenco de ilustres personalidades que me han precedido, por cierto creo que ninguna de ellas oriunda de Gijón, entre las que se cuentan escritores, historiadores, obispos, abades, destacados ovetenses de nacimiento o adopción, o personalidades como la Directora de la Fundación Princesa de Asturias, sólo por citar a la última pregonera de la Semana Santa ovetense, comprenderán que sienta un cierto vértigo que me obliga a susurrar: “non sum dignus”.

Añádanle a ello el hecho de que quien les habla tenga la osadía de atreverse a pregonar una Semana Santa que sólo conoce tangencialmente y por referencias. Puede que ni siquiera llegue a tener la oportunidad de conocerla personalmente. Y ello por el compromiso que ya desde joven he asumido, libre y voluntariamente, con la Semana Santa de mi villa natal, compromiso que ha hipotecado para el resto de mis días las pascuas que me queden por vivir, que por fuerza habré de pasar “perimetrado”, por usar un término muy actual, en la antigua Gigia.

Y para rizar el rizo se trata además de pregonar una Semana Santa que no será, o por lo menos no será como debiera ser. Una Semana Santa en la que las mascarillas, en todas sus variedades, sustituirán a capirotes, peinetas y mantillas; con alcohol hidroalcóholico en vez de cirios o faroles, o en la que el calor y el fervor de nuestras multitudinarias celebraciones dará paso a la distancia social y a las calles desiertas por el toque de queda.

Triple salto mortal pues, en el vacío y sin red, para un pregonero gijonés, desconocedor de las tradiciones capitalinas, y en un año, y van dos, en el que el anuncio principal a pregonar, “urbi et orbi”,  es que no habrá Semana Santa.

Y aun así ha podido más el valor. A mí que como buen asturiano soy cantarín y aficionado a la música, me viene en estos momentos a la cabeza la frase que machaconamente repetía el grupo musical “Radio Futura”, en el estribillo de uno de sus temas que arrasaban allá por mi adolescencia: “hace falta valor, hace falta valor…”

Pues sí, hace falta valor. En este caso doble. En primer lugar el valor que ha mostrado la Junta de Hermandades y Cofradías de Oviedo al invitar a un gijonés de pura cepa, ejerciente, y casi de los de “ocho apellidos gijoneses”, a pregonar su Semana Santa.

Y valor también de quien como yo, un poco inconscientemente, acepta semejante reto. Así que creo que lo que procede es que, al tiempo que imploro la clemencia de este auditorio, me encomiende, humilde y devotamente, al Santísimo Cristo de la Cadenas e implore la generosa intercesión de su Santísima Madre, Nuestra Señora de la Esperanza Balesquida.

Permítanme no obstante, y antes de entrar en harina cofrade, un pequeño “excursus” con algunas referencias personales, que tampoco quisiera que sonaran a autojustificación. Mi condición de gijonés, de nacimiento y de militancia, no me impide amar a esta ciudad de Oviedo, en la que siempre me he sentido magníficamente tratado y acogido, y a la que vuelvo, encantado de poder hacerlo, cada vez que tengo ocasión. Mis primeros recuerdos de la ciudad me trasladan a mi infancia. Entonces unos tíos paternos vivían en la calle Asturias de esta capital, por lo que no eran infrecuentes los viajes a Oviedo con motivo de encuentros o celebraciones familiares, siendo entonces una cita obligada la visita a la entrañable osa Petra, en el cercano Campo de San Francisco. Vendrían luego los años de mis estudios universitarios de Derecho, pertenezco a la última promoción que realizó toda la carrera en el edificio histórico de la Universidad, desde cuya capilla sale hoy alguna de las procesiones ovetenses. También son felices los recuerdos de aquellos años de estudios que superé sin particular dificultad, y hasta con buenas calificaciones. Debo reconocer que siempre fui un estudiante responsable, de los que regresaba rápidamente en el “Alsa” a Gijón, al término de las clases, sin enredarse, como otros, en partidas matinales en el desaparecido “Café Dólar”, o en rondas de vinos por la calle del Rosal.

Siendo aún bastante niño cuando se inauguró la autopista Y griega, pertenezco por tanto a una generación que, más allá de legítimas rivalidades futbolísticas (a las que tampoco soy especialmente dado), ha vivido con total normalidad la interrelación y complementariedad existente entre los principales núcleos de población del centro de Asturias. Eso que ahora se da en llamar área metropolitana o ciudad astur. En Oviedo cuento con grandes y estupendos amigos, soy desde hace bastantes años abonado de vuestra temporada de ópera, una de las mejores del país, y asiduo a otros eventos musicales como la zarzuela o los conciertos del auditorio.

Aquel niño gijonés que corría para ver a la osa Petra cada vez que venía a Oviedo, tenía algo en común con los niños ovetenses de su época. En aquellos comienzos de los años setenta del pasado siglo, y por razones en las que no vamos a entrar ahora, tanto los niños ovetenses como los gijoneses vivíamos sin poder disfrutar de las tradicionales procesiones de Semana Santa en nuestras calles. Entonces, y sin que mediaran virus peligrosos sino más bien una mezcla de dejadez con algunos prejuicios ideológicos, nuestras ciudades se vieron privadas de sus tradicionales cortejos procesionales. De hecho uno de los primeros recuerdos de mi infancia es la que durante bastantes años fue última procesión del Santo Entierro, en el Campo Valdés de Gijón. Desde mi escasa estatura miraba atónito pasar las filas de nazarenos, y la deslumbrante urna de plata y cristal profusamente iluminada, que avanzaba trasladando con solemnidad el cuerpo inerte de Cristo, entre el silencio y el respeto de la numerosa concurrencia. En Asturias sólo Avilés, Luarca y Villaviciosa resistieron aquella ola que pretendía llevarse por delante, hoy podemos comprobar que gracias a Dios con poco éxito, nuestras tradicionales celebraciones de Semana Santa.

Siguieron años de desierto cofrade para mi generación, entonces infantil. En mi caso, era el noveno de diez hermanos, en una familia católica aunque no dada a excesivas beaterías, pero sí muy anclada en el respeto y admiración de las tradiciones locales. Así que en aquellos años de mi infancia, y aunque no hubiera procesiones, cuando se acercaba la Semana Santa no faltaban las evocaciones de tiempos mejores, y alentado por mis hermanos de más edad, que sí habían conocido aquellos tiempos, jugábamos a organizar procesiones. Sillas o taburetes, recubiertos de telas e iluminados con velas que en alguna ocasión acabaron quemando la cabellera de alguna despistada hermana, servían de improvisado trono a láminas piadosas con imágenes del Nazareno, la Virgen Dolorosa o la Verónica, que recorrían solemnes los pasillos de la casa a modo de pasos, acompañados, a falta de banda o agrupación musical, por el canto de aquel evocador Vía Crucis popular: “acompaña a tu Dios, alma mía, cuál vil asesino llevado ante el juez”. Recordando aquellas curiosas mezclas de devoción con algo de travesura, me hago la misma pregunta que se hacía el poeta Gabriel y Galán: “yo, que con los hombres voy, /viendo a Jesús padecer, / interrogándome estoy: / ¿Somos los hombres de hoy aquellos niños de ayer?”. Y seguramente tendré que concluir que ya no somos aquellos niños de ayer, pero si somos cómo somos es porque fuimos aquellos niños, y no otros.

Pero no quiero que piensen que he venido aquí hoy a contarles mi vida, o las batallitas de alguien que empieza ya a acumular años a sus espaldas. Sólo pretendo transmitirles, con este ejemplo personal, que si la Semana Santa se sigue viviendo en Oviedo y en el resto de las ciudades asturianas y españolas como se vive, es porque está hondamente arraigada en el sentir de nuestro pueblo.

Fueron vanos aquellos intentos por barrerla de nuestras calles, al considerarla trasnochada o poco actual, y ha sido el propio pueblo el que ha demostrado en estas últimas décadas, y con insistencia, su vigorosa actualidad. Sólo un dato. En un reportaje publicado en el año 2018, la revista de actualidad religiosa “Vida Nueva” informaba de que las cofradías y hermandades de Semana Santa eran el movimiento asociativo más importante de nuestra nación, por encima de sindicatos y partidos políticos. Según esta fuente las cofradías y hermandades superan en nuestro país las 10.000, y en los últimos 20 años el número de cofrades se ha multiplicado por tres, pasando de un millón a tres millones. Cierto es que hay cofrades y cofrades, y no todo son luces en este mundo en el que, como en cualquier otra realidad humana, también hay sombras e incoherencias; pero no puede negarse un vigor y potencialidad que no debieran ser malgastados por la iglesia ni por el conjunto de la sociedad.

Esa situación esperanzadora la contemplamos también en Oviedo, con seis florecientes cofradías que desde el año 1995, el mismo año en que volvieron las procesiones a las calles de Gijón, han logrado recuperar y potenciar una envidiable Semana Santa en alza.

Y aquí ha habido hombres y mujeres, con nombres propios que no voy a mencionar para no olvidarme de ninguno, pero cuyo trabajo sí quiero hoy reconocer y valorar, que han hecho posible ese pequeño milagro. Personas que con tozudez, y como aquel niño gijonés que jugaba a las procesiones y hoy les habla, hicieron caso omiso de aquel famoso refrán: “ni fíes, ni porfíes, ni entres en Cofradíes”. Aquí seguimos, fiando, porfiando, y metidos hasta las cejas en un mundo cofrade, sin el que ya no podríamos vivir.

Un amigo mío, sacerdote y de origen argentino, creo que lo resumía a la perfección cuando me comentó la impresión que le causó su llegada a nuestro país. Me decía algo así: “los españoles enseguida protestan si la Misa dura más de media hora, pero son capaces de seguir encantados durante horas una procesión”. Lo que formulado de forma más positiva significa que, por naturaleza, somos poco dados a los sermones sesudos y largos, como espero que no les esté resultando el mío, pero tenemos una especial sensibilidad para apreciar la belleza que, como muchos santos y sabios han demostrado, siempre es vía para acercarse a Dios.

La hermosura de una talla sagrada, la solemnidad de una marcha procesional, la cadencia al mecer un trono, el orden y uniformidad de los nazarenos, los aromas del incienso, la cera o las flores, el sonido de la marcha real a la salida de una imagen, son experiencias que a todos nos han emocionado o movido a una auténtica devoción.

Este sentir hondo de nuestro pueblo lo explican, con mejores palabras que las mías, dos poetas bien diferentes pero igualmente sabios.

Don José María Pemán escribió como “las cofradías son un brote exacto del espíritu clásico y barroco de la Contrarreforma española. Son una exuberancia católica –de liturgia, de Encarnación- frente a las frialdades protestantes y jansenistas y sus desnudismos espirituales”.

Federico García Lorca, en su estancia en Nueva York, había acudido a algunas iglesias protestantes, y también a una Misa en una iglesia católica de aquella ciudad, y escribía así sus impresiones en una carta dirigida a su familia el 14 de julio de 1929:

Figuraos vosotros una iglesia que en lugar de altar mayor haya un órgano y delante de él a un señor de levita (el pastor) que habla. Luego todos cantan, y a la calle. Está suprimido todo lo que es humano, consolador y bello, en una palabra. Aún el catolicismo de aquí es distinto. Está minado por el protestantismo y tiene esa misma frialdad. Esta mañana fui a ver una misa católica dicha por un inglés. Y ahora veo lo prodigioso que es cualquier cura andaluz diciéndola. Hay un instinto innato de la belleza en el pueblo español, y una alta idea de la presencia de Dios en el templo. Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una misa en España. La lentitud, la grandeza, el adorno del altar, la cordialidad en la adoración del Sacramento, el culto a la Virgen, son en España de una absoluta personalidad y de una enorme poesía y belleza.

Lo que el catolicismo de los Estados Unidos no tiene es solemnidad, es decir, calor humano. La solemnidad en lo religioso es cordialidad, porque es una prueba viva, prueba para los sentidos de la inmediata presencia de Dios. Es como decir: Dios está con nosotros, démosle culto y adoración. Es una gran equivocación suprimir el ceremonial. Es la gran cosa de España. Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios”.

Y hablando de hidalguía vienen a mi memoria algunas recuerdos de hace justo un año, cuando todos vivíamos con angustia los inicios de esta desgraciada pandemia. Recordar significa etimológicamente “volver a pasar por el corazón”, y quisiera volver a pasar por sus corazones y por el mío algunas imágenes que muchos de ustedes seguramente también recuerdan. Además, y viniendo de puerto de mar y de familia muy vinculada al mar, aquellos recuerdos me llenan de legítimo orgullo. Semana Santa de 2020. Todos en nuestras casas sometidos a un férreo confinamiento. Los templos cerrados a cal y canto, el culto público suspendido, nuestras queridas imágenes en la desoladora soledad de sus altares o camarines. Las calles de toda España, otrora abarrotadas de pasos y fieles por esas mismas fechas, fantasmagóricamente desiertas. Tal pareciera como si una bomba atómica hubiera barrido de un plumazo todos los mejores sentimientos y tradiciones de nuestro pueblo. Los peores presagios se cumplían, y parecía que, por primera vez en mucho tiempo, no habría ni rastro de nuestra Semana Santa. Y sin embargo un puñado de hombres y mujeres, cargados de valentía y decisión, hicieron posible el milagro de mantener encendida, aunque fuera débil y temblorosa, la llama de nuestra Semana Santa. Sí, fueron los y las guardiamarinas que regresaban de su viaje de instrucción en el buque-escuela Juan Sebastián Elcano. En el viejo velero, que es territorio nacional, y cuando ya estaban además en aguas jurisdiccionales españolas, organizaron la única procesión de Semana Santa que se celebró en nuestro país el año pasado. Una sencilla cruz de madera, el incensario, unas improvisadas andas sobre las que entronizar una humilde imagen de la Virgen Dolorosa, y la marcialidad de la Armada fueron suficientes. Confieso que me emocioné al ver en un vídeo aquella improvisada procesión recorriendo la cubierta de Elcano, mientras la banda del buque tocaba el “Mater Mea”. Una vez más la Armada, sus hombres y mujeres, dieron el do de pecho, manteniendo encendido el fuego sagrado de nuestras tradiciones. Al evocarlo resuenan en mi mente las palabras bíblicas que, gracias a aquellos valientes marinos, volvieron a hacerse realidad: “el pábilo vacilante no lo apagaré”.

¡Semana Santa en Oviedo! En esta noble ciudad, capital del Principado, y del que fuera reino de Asturias, origen de nuestra nación. Ciudad que tiene como emblema nada menos que la Cruz de Cristo, la Cruz de los Ángeles, donada por el rey Alfonso II en el año 808. Semana Santa en año santo compostelano: “el que va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y olvida al Señor”. Esa basílica catedral del Salvador que custodia reliquias tan venerables como el Santo Sudario que cubrió el rostro de Cristo en el Sepulcro. Semana Santa en esta ciudad de fundación monástica, sede episcopal, e históricamente levítica genialmente retratada por  Leopoldo Alas. Clarín nos dejó en “La Regenta” retazos de una Semana Santa ovetense que aún hoy identificamos: “una hora antes de oscurecer salió la procesión del Entierro de la iglesia de San Isidro (sin duda nombre figurado con el que alude a la parroquia de San Isidoro) (…) la dama hermosa, la perla de Vetusta, rodeada de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno”.

Los pregones tienen por objeto anunciar una celebración, religiosa o festiva, y llamar a los habitantes de la ciudad a participar en ella. Sin embargo, y como ya apunté y dadas las circunstancias que atravesamos, mi pregón no puede ser un pregón al uso, porque no puede anunciar una Semana Santa que no será. Mi pregón tiene que moverse, forzosamente, entre la evocación y el anhelo. Entre los recuerdos que atesoráis de tiempos mejores, y los deseos que todos compartimos de poder volver a revivir, cuánto antes, esas emociones.

La Cofradía local más joven, la de la Entrada de Jesús en Jerusalén, es la encargada de abrir la Semana Santa de Oviedo desde la falda del monte Naranco, en la parroquia de San Pedro de los Arcos. Desde allí parte, en la mañana del Domingo de Ramos, la procesión de la Borriquilla. El paso, con factura de Olot, avanza a hombros de los cofrades, aun no velados por el anónimo capirote o capillo, revestidos con su túnica de color “azul Oviedo”. El carácter festivo de la jornada se ve realzado por el peculiar batir de las palmas, con el que cofrades y devotos reciben a la imagen. “En San Pedro de los Arcos/ quiero mi palma agitar/, lanzando un hosanna al cielo/ que llegue a la catedral”. La catedral y su entorno acogen las celebraciones diocesanas propias de ese día, a las que suele acudir buena parte de la corporación municipal, encabezada por su alcalde. Lástima que las circunstancias sanitarias no permitan renovar este año la entrañable tradición ovetense, felizmente recuperada, del posterior caldo compartido entre el cabildo catedralicio y las autoridades municipales, para entonar también el cuerpo después de haber hecho lo propio con el espíritu. Estos protocolos y tradiciones son una expresión viva de la leal colaboración y entendimiento que debe presidir la normal relación entre autoridades civiles y religiosas. Como bien dejó dicho nuestro Arzobispo, Fray Jesús, “es mejor un caldo amable y calentito que una infusión de cardo”.

La Hermandad de “Los Estudiantes” nos trae los primeros capirotes de la Semana Santa ovetense con su maratoniana procesión de “La sagrada lanzada del Cristo de la Misericordia”, que con partida y retirada en la parroquia de San Francisco Javier de la Tenderina, recorre durante horas las calles de la ciudad. Los Estudiantes han logrado unir Oviedo y Sevilla, dos señoras ciudades, con su peculiar estilo, casi único en el Norte de España, de llevar los pasos a costal, de “sevillanas maneras”. Los ovetenses han hecho suyo ya ese sentimiento, como lo demuestran cada tarde del Domingo de Ramos, apiñándose para ver la emocionante subida del Cristo de la Misericordia, a paso ordinario, por la Cuesta de la Vega.

También “Los Estudiantes” y a costal serán protagonistas del lunes santo ovetense, en la más íntima procesión del Prendimiento,  en la que la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia, titular de la Hermandad, es trasladada desde la parroquia de la Tenderina a la capilla del edificio histórico de la Universidad de Oviedo, en la calle San Francisco.

Martes santo de Silencio en Oviedo. En las primeras horas de la noche todas las miradas están puestas en la parroquia de Santa María la Real de la Corte, en la plaza de Feijoo. De allí parte la estación de penitencia de la Real Cofradía del Silencio y Santa Cruz, vinculada en sus orígenes a la Fábrica de Armas de Oviedo, y con reminiscencias leonesas a la hora de nombrar los cargos de su Junta de Gobierno. Es justo el silencio, que da nombre a la Cofradía y a la procesión, el que marca el cortejo. Silencio sólo roto por la música procesional. Tras la Cruz desnuda, avanzan los pasos del Santísimo Cristo de la Piedad, y el Cristo Flagelado. Cierra el cortejo María Santísima de la Amargura, imagen de gran belleza transida a un mismo tiempo de dolor y de dulzura, con su característica rosa en la mano izquierda. Tras dejar a un lado las Pelayas, la procesión toma la calle de mi paisano Jovellanos para adentrarse luego, a través de San Juan y de la Rúa, en el Antiguo, relicario urbano de esta noble capital. Recorrido nocturno y preciosista que alcanza uno de los momentos más emotivos y bellos al paso del cortejo por el tránsito de Santa Bárbara.

El miércoles santo ovetense se tiñe de morado. El morado de la túnica de Nuestro Padre Jesús Nazareno, y del hábito de los hermanos y hermanas de su Cofradía que fue la pionera en la recuperación de las procesiones, allá por la década de los noventa del pasado siglo. “Temblándole las melenas/de los tambores al son:/atadas con un cordón/las dulces manos morenas; / ¡con qué miradas serenas/y con qué resignación/el árbol de su aflicción/sobre sus hombros resiste!” Tal parece que estos versos, de nuevo del poeta gaditano José María Pemán, estuvieran describiendo el paso del Señor de Oviedo por las calles de la capital. Salida del templo conventual de Santo Domingo, escoltado siempre por la marcial escuadra de gastadores del Regimiento Príncipe y con la música de su banda de guerra, para adentrarse hoy también por las calles del Antiguo, y llegar a la plaza de la catedral. Allí sobre los hitos de los catorce estandartes que marcan las estaciones, se reza el Vía Crucis antes de volver de regreso al templo de los Dominicos.

Los hábitos de la Hermandad de Jesús Cautivo, que toman las calles más concurridas y comerciales de la ciudad, tiñen de color rojiblanco el Jueves Santo ovetense. De la llamada catedral del Ensanche, la hoy Basílica de San Juan el Real, debería salir la imagen de Jesús Cautivo portada por primera vez a hombros de sus hermanos, tal y cómo era el proyecto de la Junta de Gobierno de la Hermandad, truncado por la pandemia ya el pasado año 2020. Tras ella el paso de palio de Nuestra Señora de la Merced, y la sección infantil, los Infantes de Getsemaní, acompañando el paso de la Sagrada Cena. El cortejo avanza solemne por la espaciosa calle Uría, para llegar a la Escandalera y tomar la calle de Argüelles, rumbo a la Plaza de Porlier. Allí ante el edificio del Tribunal Superior de Justicia de Asturias se proclama el pasaje evangélico del Prendimiento, y tras la llamada ritual con la invocación de “abrid las puertas a Cristo”, se abren las puertas del alto tribunal para iniciar el rito del indulto, por el que  tradicionalmente, y según privilegio único entre las cofradías y hermandades asturianas, Jesús Cautivo libera a un recluso del centro penitenciario de Villabona, indultado por el gobierno de la nación.

De nuevo la poesía que envuelve toda la Semana Santa. En este caso los versos del poeta Manuel García Romero: “entonces, te llevaron maniatado, /con punzantes espinas coronado, /cautivo por el odio y el rencor. / Hoy, como ayer, revives el pasado/al recorrer tu pueblo, cautivado/por la fuerza divina del Amor”. Y pienso que el próximo Jueves Santo, aunque el Cautivo no pueda recorrer las calles de Oviedo, nos sentiremos espiritualmente más cerca de Él que nunca. En estos tiempos difíciles todos hemos sentido, aunque fuera en una medida mucho menor, esa experiencia del cautiverio. Los cautiverios del confinamiento y la soledad, de las limitaciones a nuestra movilidad, de la ineficacia en la gestión, o de nuestro temor a la enfermedad, sólo por citar algunos.

El Viernes Santo madruga, nunca mejor dicho, con la estación de penitencia de la Hermandad de los Estudiantes, acertadamente conocida como “la madrugada de Oviedo”. Una larga procesión, no tanto en recorrido sino en duración, que parte a las cero horas de esa día, en plena noche por tanto, del edificio histórico de la Universidad, para atravesar las principales calles del casco histórico. Atrayendo miradas y devociones su titular, Nuestro Padre Jesús de la Sentencia, que protagoniza un imponente paso de misterio completado con otras siete imágenes secundarias. Valor y esfuerzo de los costaleros ovetenses que se ven obligados  a realizar precisas y sacrificadas maniobras, rodilla en tierra incluida como a la salida de la Universidad o al cruzar el arco del Ayuntamiento. La Plaza de la Constitución, en el momento más emotivo de la procesión, es el escenario de la lectura de la infame sentencia condenatoria de nuestro Señor. Una ceremonia que se venía haciendo, aunque interrumpida la tradición en los últimos años, desde los balcones consistoriales. Y este pregonero quiere expresar su deseo de que dicha tradición sea recuperada cuando superemos la pandemia que nos asola, porque el Ayuntamiento es la casa de todos los ovetenses, también de los creyentes y cofrades, que no somos ciudadanos de segunda categoría.

Aunque ya amanecido y avanzado el día el protagonismo del Viernes Santo ovetense es, desde tiempos inmemoriales, para la procesión del Santo Entierro, que parte de la antañona parroquia de San Isidoro el Real, como bien nos recordaba Clarín. “La Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba. Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas”. Tal parece que nada, salvo la ausencia de la protagonista de la mítica novela, hubiera cambiado desde entonces. La Real y Trinitaria Archicofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores en su Inmaculada Concepción, resultante de la fusión de varias cofradías históricamente vinculadas a este templo ovetense, es la encargada de la organización de la procesión. Abre el tramo infantil de la Cofradía, los “morabetinos de la Dolorosa”, portando el paso infantil de Jesús Niño apoyado sobre la Cruz. Le sigue el “Ecce Homo”,  y tras él, solemne y conmovedor el Santo Cristo Yacente a hombros de sus braceras, seguido por Nuestra Señora de los Dolores, la Señora de Oviedo. Solemne y desgarrador cortejo que recorre las calles del entorno parroquial y del casco antiguo. Ante la “Sancta Ovetensis” la ceremonia del epitafio, en la que la oración, el incienso, los pétalos arrojados por los más pequeños, y la reverencia de su Madre dolorida, expresan a una la veneración del pueblo de Oviedo al cuerpo inerte de Cristo, aquel cuya cabeza cubriera el Santo Sudario custodiado en la cercana Cámara Santa.

Sábado Santo madrugador en Oviedo. “Virgen de la Soledad: / rendido de gozos vanos, / en las rosas de tus manos/se ha muerto mi voluntad. /Cruzadas con humildad/en tu pecho sin aliento, /la mañana del portento, / tus manos fueron, Señora, /la primer cruz redentora:/la cruz del sometimiento”. Versos llenos de sentimiento, nuevamente de José María Pemán. A primera hora de la mañana la Señora de Oviedo vuelve a las calles, arropada por la Cofradía del Santo Entierro. Las enlutadas hermanas, con la típica mantilla a la española, le sirven de corte de honor. Los nazarenos y braceros alivian hoy algo el riguroso luto de su hábito, sustituyendo el terciopelo negro de capirotes y capillos por el raso morado. La Señora ya no luce sobre su pecho los siete puñales, como en la tarde del Viernes Santo, sino uno único pero no menos doloroso: el punzante puñal de su Soledad, que el pueblo y los cofrades de Oviedo tratan de aliviar acompañándola en su caminar por las calles de la ciudad. En la plaza de la Constitución, y a punto de volver a San Isidoro, la marcial alzada al brazo del paso, santo y seña de los porteadores del Santo Entierro, pone un nudo en la garganta de los asistentes, mientras de fondo suenan las notas del “Mater Mea”, y la suelta de palomas arroja un pequeño destello de alegría que preludia la cercanía de la Pascua.

La Pascua que las Cofradías ovetenses festejan asistiendo a la santa Misa que preside el Arzobispo, en la catedral, al mediodía del domingo. A su conclusión, y tras formar en el claustro catedralicio, se inicia la procesión que acompaña a Cristo Resucitado, hoy más que nunca Salvador, “salvator mundi” según título que da nombre a la catedral. A través de la “Puerta de la Limosna” la procesión, única en la que participan todas las cofradías y hermandades ovetenses, sale a la Corrada del Obispo, para iniciar su marcha gozosa por las calles y plazas de la capital. Los cofrades ya no llevan sus rostros ocultos por el anonimato penitencial, y la imagen de Cristo victorioso sobre la muerte avanza solemne en su carroza decorada con faldones azules, de nuevo el color de Oviedo y del mar. La semana santa de Oviedo se inicia con el color azul de los hábitos de los cofrades de la Borriquilla, y concluye con el azul que sirve de base al paso del Resucitado. Hoy, viendo avanzar su imagen por las calles de Oviedo sobre ese azul que identifica la ciudad, cobran sentido los versos de Antonio Machado: “no puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero, /sino al que anduvo en el mar!” Aunque bien saben los cofrades ovetenses, y el propio poeta aunque no lo reconociera, que para llegar a la alegría de la mañana pascual hay que pasar antes por Getsemaní y por el Gólgota.

En ese Getsemaní os toca estar, sabiendo que el mensaje de amor y de vida que es cada Semana Santa, aunque por momentos aparezca transida de dolor y dramatismo, tampoco podrá salir este año a las calles de Oviedo. Mantened encendido el farol de vuestra esperanza cofrade, el fuego sagrado de nuestras tradiciones, como ejemplarmente hicieron hace un año aquellos marinos de nuestra Armada. Como bien dice la expresión popular, este año la procesión irá por dentro. Ni siquiera por dentro de templos o claustros, sino forzosamente por dentro de vuestros corazones.

Pero bien nos recordaba San Pablo, el apóstol de los gentiles, que “para los que aman a Dios, todo sirve para el bien”. Que estos sacrificios y tribulaciones contribuyan, como un crisol, a purificar vuestro espíritu cofrade y a aumentar vuestros desvelos y esfuerzos en pro de la ciudad y de su Semana Santa.

Volverán nuevas primaveras de auténtica pascua florida, cuajadas de incienso y cera, de mantos bordados, de marchas cadenciosas, y de oraciones apenas musitadas tras el antifaz del capirote. Cito por última vez a José María Pemán: espera, siempre espera/, ya pasará el invierno. Los Reyes y las flores tienen algo de eterno como la primavera”.

Y habréis de volver a tomar las calles de esta noble ciudad para recordar a sus vecinos y visitantes, y dicho sea con la venia de mis paisanos, que ¡de Oviedo al cielo!

He dicho.

Oviedo, 23 de marzo de 2021

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